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jueves, 20 de marzo de 2014

La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento

 

   Bajtín se propone estudiar la cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Lo hace fundamentalmente a través de la obra de Rabelais por considerarla excepcionalmente ligada a las fuentes populares. De este autor, Bajtín nos destaca su resistencia a ajustarse a los cánones literarios de la cultura clásica, vigentes desde el siglo XVI hasta nuestra época.
La hipótesis central de Bajtín es que el problema de los estudios que han abordado la cultura popular de en la Edad Media reside fundamentalmente en que la han desligado y aislado de sus formas rituales, valoradas siempre desde el punto de vista de las reglas culturales y estéticas de la época moderna, lo que ha llevado a una compresión distorsionada. Por lo tanto, el canon grotesco debería ser juzgado dentro de su propio sistema. La obra de Rabelais le permite incursionar en el grotesco teniendo en cuenta un proceso dinámico de luchas, influencias recíprocas con el renacimiento, entrecruzamientos y combinaciones culturales. Para desarrollar su tesis, focaliza en el análisis de la cultura cómica popular -principalmente en la carnavalesca – e incursiona en ella privilegiando tres manifestaciones:
- Los festejos del carnaval, entendidos como formas de resistencia culturales y como rituales del espectáculo que parodiaban los actos del ceremonial serio ejecutados por la Iglesia y el Estado Feudal (a quienes convertían en objetos de burla y blasfemia), se desarrollaban en la plaza pública. Contrariamente a lo que se piensa, estas festividades no coincidían con ningún hecho de la vida sacra, sino que estaban ligadas al modo de producción agrícola. Aunque se desarrollaban durante los días que precedían a la cuaresma, estaban constitutivamente desprovistas de todo carácter mágico proveniente de la religión. Por el contrario, pertenecían a la esfera particular de la vida cotidiana y guardaban una relación profunda con el tiempo natural, biológico e histórico, concretamente con el período de espera de la cosecha. En el carnaval hay un poderoso elemento de juego que no pertenece estrictamente al dominio del arte (tiene que ver con “el no tener algo que hacer”. Es en realidad la vida misma, es decir, una actividad que ignora toda distinción entre actores y espectadores (las personas no asisten a él, sino que lo viven). El carnaval es para todo el pueblo y no tiene distinción de fronteras espaciales, es el triunfo de una esperanza de liberación transitoria, la abolición provisional de todas las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. La fiesta oficial, en cambio, reforzaba el pasado, consagraba y fortificaba el régimen vigente al mismo tiempo que consagraba la desigualdad sancionando todo lo que no servía para mantener el orden social. En Rabelais, Bajtín encuentra numerosas muestras del lenguaje carnavalesco típico. Estas formas se caracterizan por la lógica de las cosas “al revés”, por la abolición provisional de las jerarquías, por las contradicciones, permutaciones, degradaciones y profanaciones.
- Las obras verbales en lengua vulgar, entre las cuales se destacan principalmente los dobles paródicos de los elementos de culto –o parodia sacra-, estaban incluso consagrados por la tradición y tolerados relativamente por la Iglesia. Sin embargo, eran las imitaciones que escarnecían las epopeyas del régimen feudal las que predominaban.
- La grosería como género del vocabulario familiar y público en la Edad Media y el Renacimiento, creaba un tipo de comunicación especial que se daba principalmente en el ámbito de la plaza pública durante el carnaval. Dichas expresiones eran con frecuencia muy largas y complejas, incluso constituían verdaderos proverbios que se repetían como fórmulas, y normalmente eran dirigidas a las divinidades. Pero su esencia es profundamente diferente a aquella que conocemos actualmente. Estas blasfemias eran ambivalentes: mortificaban y degradaban al mismo tiempo que renovaban y enaltecían.  

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